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y que permitió que los distintos partidos políticos pudieran tomar acuerdos sobre distintos temas en el contexto de la reinstalación de la democracia. La importante participación de los distintos estamentos de la sociedad civil organizada permitió un mayor y más profundo diálogo, no solo sobre los temas que hacían a la democracia en nuestro país, sino sobre el futuro de nuestro país y de las políticas que deberían acordarse para lograr el desarrollo del Perú. Lo importante de este acuerdo, que se profundizó durante el Gobierno de Toledo, fue que las políticas diseñadas para resolver los problemas nacionales se transformarían en políticas de Estado; es decir que, independientemente de que el Gobierno estuviera en el poder, las políticas deberían continuarse. Este gran esfuerzo de consenso realizado por los líderes políticos y sociales del país ha dado buenos resultados y hoy podemos gozar del cambio positivo producido en el Perú luego del Fujimorato, lo que nos permite ser optimistas de nuestro futuro. Sin embargo, no todo lo acordado se ha realizado y aún hay muchas metas que cumplir, y el Acuerdo Nacional debiera velar por su cumplimiento. Pero para ello, como para otros temas, el Acuerdo Nacional debe ser independiente del gobierno de turno y fijar su propia agenda y tareas, en lugar de seguir mandatos gubernamentales que podrían mejor ser discutidos en el Congreso de la República o en otras instancias, como es el caso del agua, que ‐aunque importante hoy‐ distrae al Acuerdo Nacional de preocupaciones que hacen más a su tarea y al espíritu de discusión política para el que fue creado. El rol más importante del Acuerdo Nacional, desde mi punto de vista, es servir de agente de cambio y de catalizador de las tareas sustantivas que requieren del consenso político, ya que al estar liberado de responder a la popularidad de las encuestas o a las campañas mediáticas, su único interés es proponer y discutir los temas sustantivos y de mayor importancia nacional. El Acuerdo Nacional no es una organización técnica sino de acuerdo político y, por lo tanto, debiera convertirse en el centro de la propuesta política, económica, social y cultural del país, algo que hoy, desgraciadamente, no es. Por ello será necesario volver a revisar con visión de futuro y a la luz de la realidad vigente todo lo actuado, con la finalidad de actualizar el rol que debe cumplir en el país, su financiamiento y las políticas de Estado existentes, a fin de darles mayor contenido e introducirlas a la discusión nacional. Un país que no actualiza sus políticas de Estado, es un país sin futuro. También será necesario trabajar los temas que no han sido tocados, o no suficientemente, por el Acuerdo Nacional, especialmente en cuanto a la institucionalidad del Estado y a la coexistencia entre los ciudadanos al interior de nuestra sociedad nacional. El cambio cultural, la construcción del ser nacional o los valores éticos de los peruanos del bicentenario merecen un interés especial. Finalmente, creo que debemos reiniciar cuanto antes el diálogo sobre los sistemas electorales, los partidos políticos y sobre la conveniencia de tener un régimen semipresidencial, donde el Presidente sea solo Jefe de Estado y el Primer Ministro sea Jefe de Gobierno elegido en el Congreso Nacional. Esto eliminaría el caudillismo en los partidos políticos, al requerir que sus mejores figuras deban estar en el Congreso, lo cual mejoraría la calidad tanto ética como sustantiva de sus miembros, y por tanto del Congreso. También democratizaría la elección en los partidos políticos de los candidatos a cargos elegidos. |